Carta a mi abuelo
Querido abuelo:
Mi madre me dijo: “Si le escribieras una carta a mi papá, sería mi mejor regalo para este 10 de mayo”. Y aquí está Poli, la novena de tus nietos, intentando dirigir unas palabras al ser humano pleno de sensibilidad, al hombre que irradiaba fortaleza, al don Pedro por tantos querido, al nieto de España, rodeado siempre de buenos amigos, al hijo de México que amaba su patria, al fiel esposo que se prendó alguna vez de aquella hermosa niña de dieciséis años a la que amó eternamente como el primer día, al padre cuya familia fue lo primero en su vida, al abuelo que se marchó pronto, por lo que solo disfrutó la gran alegría de abrazar a dos de sus veintitrés nietos, al adorado padre de mi madre con quien nunca había tenido la oportunidad de conversar.
“Pon una hoja tierna de luna debajo de tu almohada y mirarás lo que quieras ver”, dice Jaime Sabines. Da resultado. Te miro en el entonces próspero Real de Catorce, cuyos cerros cubiertos de paz velaron tu cuna; ahí está tu casa, de pie, con sus memorias, custodiada por las mismas callecitas empedradas. Cada una de esas piedras parece querer contarte una historia; historias de barras de plata que hoy son solo recuerdos. Imagino a las jóvenes del siglo pasado, melancólicas en aquellos balcones de antiquísima herrería, suspirando por algún viajero que no volvió; puedo ver a tu madre recargada en aquella barandilla que muchos años más tarde hiciste reparar, y que nunca quisiste cambiar por conservar intacto el sitio en donde ella los miraba alejarse hacia el colegio. ¡Eras un sentimental incorregible, don Pedro!
Siendo todavía un niño, partiste a la capital, San Luis Potosí, dejando atrás a tu amado mineral en donde hoy los fantasmas merodean por los rincones de la mano del silencio; puedo adivinarte ahí, ahora, porque regresaste mil veces... porque nunca te fuiste. Debes estar recorriendo el atrio de aquella iglesia cuyas campanas alguna vez el señor cura echó al vuelo cuando llegabas de la ciudad de México con tu amorosa esposa y tus ocho hijos, al tiempo que los lugareños te recibían con cohetes. Estarás mirando por la ventana de Mariquita, la del correo, o te preguntarás si continúan ahí las pilas de vigas que a tantos obsequiaste para que repararan sus casas. Seguramente estarás preocupado por saber qué fue de Goyito, aquel joven débil mental a quien frecuentemente enviabas vestir con José y Pancho. ¿Te acuerdas cuando cayó en aquella zanja en el cerro y no fue encontrado sino hasta días más tarde?... ”¿Quién te daba de comer, Goyito?”, le preguntaban. “Mamá pura”, respondía con dificultad. Ya ves, abuelito, al igual que tú, Nuestra Señora también lo protegía.
Seguramente todavía se escuchan por ahí tus pasos, los mismos que recorrieron Europa durante tres años y acompañados de los de tus primos, por meses, en España; los que se detuvieron en Toro, Sinaloa, para salir de ahí seguidos por Tita, de quien fuiste querido esposo y, ¿por qué no?, también en cierto modo un padre.
Cuántos años te sobrevivió aquella hermosa y enorme casa de la Ciudad de México. En la habitación en donde alguna vez escondieron mis regalos de Santa Claus estuvo un día tu escritorio, tu lámpara verde cuya cadenita colgaba esperando que tu fuerte mano la encendiera en aquellas tibias y tranquilas noches; la piedra roja con vetas amarillas traída de un fresco río de Toro que utilizabas como pisapapeles, pero era solo un pretexto para ocultar tus añoranzas.
Escucho el sonido de la madera cuando, con tu triste andar, llorabas la muerte de Conchita y de Panchito, tus pequeños hijos a quienes pronto pudiste alcanzar.
Pero también estás aquí. Te siento, y podría conversar contigo horas y horas, pero hay que llevarle la carta a mi mamá; la está esperando. Podríamos enrollarla como un pergamino y atarla con un listón delgado. ¿De qué color te gustaría? ¿Rosa? ¿Blanco?... No... Verde... mejor verde como la esperanza. Dice que será su mejor regalo; no es más que un trozo de papel, pero con más de un siglo de recuerdos.
¿Me acompañas? Puse la hoja tierna de la luna debajo de mi almohada y puedo ver que me acompañas. Dame la mano, abuelo. ¿Quieres?...Vamos a despertar a mi madre que aún duerme...
Mi madre me dijo: “Si le escribieras una carta a mi papá, sería mi mejor regalo para este 10 de mayo”. Y aquí está Poli, la novena de tus nietos, intentando dirigir unas palabras al ser humano pleno de sensibilidad, al hombre que irradiaba fortaleza, al don Pedro por tantos querido, al nieto de España, rodeado siempre de buenos amigos, al hijo de México que amaba su patria, al fiel esposo que se prendó alguna vez de aquella hermosa niña de dieciséis años a la que amó eternamente como el primer día, al padre cuya familia fue lo primero en su vida, al abuelo que se marchó pronto, por lo que solo disfrutó la gran alegría de abrazar a dos de sus veintitrés nietos, al adorado padre de mi madre con quien nunca había tenido la oportunidad de conversar.
“Pon una hoja tierna de luna debajo de tu almohada y mirarás lo que quieras ver”, dice Jaime Sabines. Da resultado. Te miro en el entonces próspero Real de Catorce, cuyos cerros cubiertos de paz velaron tu cuna; ahí está tu casa, de pie, con sus memorias, custodiada por las mismas callecitas empedradas. Cada una de esas piedras parece querer contarte una historia; historias de barras de plata que hoy son solo recuerdos. Imagino a las jóvenes del siglo pasado, melancólicas en aquellos balcones de antiquísima herrería, suspirando por algún viajero que no volvió; puedo ver a tu madre recargada en aquella barandilla que muchos años más tarde hiciste reparar, y que nunca quisiste cambiar por conservar intacto el sitio en donde ella los miraba alejarse hacia el colegio. ¡Eras un sentimental incorregible, don Pedro!
Siendo todavía un niño, partiste a la capital, San Luis Potosí, dejando atrás a tu amado mineral en donde hoy los fantasmas merodean por los rincones de la mano del silencio; puedo adivinarte ahí, ahora, porque regresaste mil veces... porque nunca te fuiste. Debes estar recorriendo el atrio de aquella iglesia cuyas campanas alguna vez el señor cura echó al vuelo cuando llegabas de la ciudad de México con tu amorosa esposa y tus ocho hijos, al tiempo que los lugareños te recibían con cohetes. Estarás mirando por la ventana de Mariquita, la del correo, o te preguntarás si continúan ahí las pilas de vigas que a tantos obsequiaste para que repararan sus casas. Seguramente estarás preocupado por saber qué fue de Goyito, aquel joven débil mental a quien frecuentemente enviabas vestir con José y Pancho. ¿Te acuerdas cuando cayó en aquella zanja en el cerro y no fue encontrado sino hasta días más tarde?... ”¿Quién te daba de comer, Goyito?”, le preguntaban. “Mamá pura”, respondía con dificultad. Ya ves, abuelito, al igual que tú, Nuestra Señora también lo protegía.
Seguramente todavía se escuchan por ahí tus pasos, los mismos que recorrieron Europa durante tres años y acompañados de los de tus primos, por meses, en España; los que se detuvieron en Toro, Sinaloa, para salir de ahí seguidos por Tita, de quien fuiste querido esposo y, ¿por qué no?, también en cierto modo un padre.
Cuántos años te sobrevivió aquella hermosa y enorme casa de la Ciudad de México. En la habitación en donde alguna vez escondieron mis regalos de Santa Claus estuvo un día tu escritorio, tu lámpara verde cuya cadenita colgaba esperando que tu fuerte mano la encendiera en aquellas tibias y tranquilas noches; la piedra roja con vetas amarillas traída de un fresco río de Toro que utilizabas como pisapapeles, pero era solo un pretexto para ocultar tus añoranzas.
Escucho el sonido de la madera cuando, con tu triste andar, llorabas la muerte de Conchita y de Panchito, tus pequeños hijos a quienes pronto pudiste alcanzar.
Pero también estás aquí. Te siento, y podría conversar contigo horas y horas, pero hay que llevarle la carta a mi mamá; la está esperando. Podríamos enrollarla como un pergamino y atarla con un listón delgado. ¿De qué color te gustaría? ¿Rosa? ¿Blanco?... No... Verde... mejor verde como la esperanza. Dice que será su mejor regalo; no es más que un trozo de papel, pero con más de un siglo de recuerdos.
¿Me acompañas? Puse la hoja tierna de la luna debajo de mi almohada y puedo ver que me acompañas. Dame la mano, abuelo. ¿Quieres?...Vamos a despertar a mi madre que aún duerme...
