Wednesday, May 24, 2006

Carta a mi abuelo

Querido abuelo:

Mi madre me dijo: “Si le escribieras una carta a mi papá, sería mi mejor regalo para este 10 de mayo”. Y aquí está Poli, la novena de tus nietos, intentando dirigir unas palabras al ser humano pleno de sensibilidad, al hombre que irradiaba fortaleza, al don Pedro por tantos querido, al nieto de España, rodeado siempre de buenos amigos, al hijo de México que amaba su patria, al fiel esposo que se prendó alguna vez de aquella hermosa niña de dieciséis años a la que amó eternamente como el primer día, al padre cuya familia fue lo primero en su vida, al abuelo que se marchó pronto, por lo que solo disfrutó la gran alegría de abrazar a dos de sus veintitrés nietos, al adorado padre de mi madre con quien nunca había tenido la oportunidad de conversar.

“Pon una hoja tierna de luna debajo de tu almohada y mirarás lo que quieras ver”, dice Jaime Sabines. Da resultado. Te miro en el entonces próspero Real de Catorce, cuyos cerros cubiertos de paz velaron tu cuna; ahí está tu casa, de pie, con sus memorias, custodiada por las mismas callecitas empedradas. Cada una de esas piedras parece querer contarte una historia; historias de barras de plata que hoy son solo recuerdos. Imagino a las jóvenes del siglo pasado, melancólicas en aquellos balcones de antiquísima herrería, suspirando por algún viajero que no volvió; puedo ver a tu madre recargada en aquella barandilla que muchos años más tarde hiciste reparar, y que nunca quisiste cambiar por conservar intacto el sitio en donde ella los miraba alejarse hacia el colegio. ¡Eras un sentimental incorregible, don Pedro!

Siendo todavía un niño, partiste a la capital, San Luis Potosí, dejando atrás a tu amado mineral en donde hoy los fantasmas merodean por los rincones de la mano del silencio; puedo adivinarte ahí, ahora, porque regresaste mil veces... porque nunca te fuiste. Debes estar recorriendo el atrio de aquella iglesia cuyas campanas alguna vez el señor cura echó al vuelo cuando llegabas de la ciudad de México con tu amorosa esposa y tus ocho hijos, al tiempo que los lugareños te recibían con cohetes. Estarás mirando por la ventana de Mariquita, la del correo, o te preguntarás si continúan ahí las pilas de vigas que a tantos obsequiaste para que repararan sus casas. Seguramente estarás preocupado por saber qué fue de Goyito, aquel joven débil mental a quien frecuentemente enviabas vestir con José y Pancho. ¿Te acuerdas cuando cayó en aquella zanja en el cerro y no fue encontrado sino hasta días más tarde?... ”¿Quién te daba de comer, Goyito?”, le preguntaban. “Mamá pura”, respondía con dificultad. Ya ves, abuelito, al igual que tú, Nuestra Señora también lo protegía.

Seguramente todavía se escuchan por ahí tus pasos, los mismos que recorrieron Europa durante tres años y acompañados de los de tus primos, por meses, en España; los que se detuvieron en Toro, Sinaloa, para salir de ahí seguidos por Tita, de quien fuiste querido esposo y, ¿por qué no?, también en cierto modo un padre.

Cuántos años te sobrevivió aquella hermosa y enorme casa de la Ciudad de México. En la habitación en donde alguna vez escondieron mis regalos de Santa Claus estuvo un día tu escritorio, tu lámpara verde cuya cadenita colgaba esperando que tu fuerte mano la encendiera en aquellas tibias y tranquilas noches; la piedra roja con vetas amarillas traída de un fresco río de Toro que utilizabas como pisapapeles, pero era solo un pretexto para ocultar tus añoranzas.

Escucho el sonido de la madera cuando, con tu triste andar, llorabas la muerte de Conchita y de Panchito, tus pequeños hijos a quienes pronto pudiste alcanzar.

Pero también estás aquí. Te siento, y podría conversar contigo horas y horas, pero hay que llevarle la carta a mi mamá; la está esperando. Podríamos enrollarla como un pergamino y atarla con un listón delgado. ¿De qué color te gustaría? ¿Rosa? ¿Blanco?... No... Verde... mejor verde como la esperanza. Dice que será su mejor regalo; no es más que un trozo de papel, pero con más de un siglo de recuerdos.

¿Me acompañas? Puse la hoja tierna de la luna debajo de mi almohada y puedo ver que me acompañas. Dame la mano, abuelo. ¿Quieres?...Vamos a despertar a mi madre que aún duerme...

Tuesday, May 23, 2006

Carta a tres poetas de España




Queridos Antonio Machado, León Felipe, Federico García Lorca:

Sevilla; Zamora; Granada… 1875; 1884; 1898… Años cubiertos de gloria… Tierras benditas de España que los vieron nacer en aquellas horas en que todo se tornó poesía.

Plasmaré en esta carta algunas remembranzas de sus pasos por la vida, del sentimiento que habitaba en lo profundo de sus almas grandes y lo que de ellas emanó para convertirse en historia en forma de versos. Escucharé el eco de sus voces porque serán sus propias palabras las que harán que broten los recuerdos.

Hablemos de tu niñez, Antonio… “Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla y un huerto claro donde madura el limonero”... “Sí, te recuerdo, tarde alegre y clara, casi de primavera, tarde sin flores, cuando me traías el buen perfume de la hierbabuena y de la buena albahaca, que tenía mi madre en sus macetas…”La plaza y los naranjos encendidos con sus frutas redondas y risueñas”… ¡Qué recuerdos hermosos, entrañables!, poeta.

Muchos momentos tristes viviste, León Felipe, cuando la España de Franco te alejó de tu hogar para siempre. “Qué lástima que no pudiendo cantar otras hazañas, porque no tengo una patria, ni una tierra provinciana, ni una casa solariega y blasonada, ni el retrato de un mi abuelo que ganara una batalla, ni un sillón viejo de cuero, ni una mesa, ni una espada, soy un paria que apenas tiene una capa… venga, forzado, a cantar cosas de poca importancia”. ¿Cómo puedes decir que cantabas cosas de poca importancia? No sabes, poeta, cómo vibra mi ser cada vez que leo y releo tus cantos “de poca importancia”. A cuántos más habrás hecho, como a mí, estremecerse con ellos.

Qué feliz debe de haber sido tu infancia, Federico; qué nostalgia sentías por ella. “Se ha llenado de luces mi corazón de seda, de campanas perdidas, de lirios y de abejas, y yo me iré muy lejos, más allá de las sierras, más allá de los mares, cerca de las estrellas, para pedirle a Cristo Señor que me devuelva mi alma antigua de niño, madura de leyendas, con el gorro de plumas y el sable de madera”…

Era julio, Antonio; recién había nacido el siglo XX cuando tu hermano regresó, enfermo, tras haber buscado fortuna en Guatemala. “Está en la sala familiar, sombría, y entre nosotros, el querido hermano, que en el sueño infantil de un claro día, vimos partir hacia un país lejano”. Qué lejos quedaba entonces Guatemala. Qué cerca deben estar ahora tú y tu hermano.

Recorriste mil caminos, León Felipe, encontrando a tu paso muchas risas contagiosas… contagiosas y vacías; por ello decías: “Pues compraré la risa. ¿Por qué no he de reírme y hacer que tú te rías? ¡Je, je!... Ya ves. La risa es contagiosa. ¡Bastante contagiosa! ¡Más allá de la Dignidad y la Justicia!”.

Y tú, Federico, cuánta angustia y soledad encontró tu alma en aquel viaje a Nueva York. Cuánto deseabas regresar a tu cálida España, adonde llevaste, en tus recuerdos, el sufrimiento de la raza negra. “¡Ay!, Harlem. ¡Ay!, Harlem. ¡Ay!, Harlem –escribías melancólico–. ¡No hay angustia comparable a tus ojos oprimidos, a tu sangre estremecida dentro del eclipse oscuro, a tu violencia granate sordomuda en la penumbra, a tu gran rey prisionero con un traje de conserje!”. Sé que a tu regreso comentaste que lo más espiritual y lo más delicado de aquel mundo era ese negro que se saca música hasta de los bolsillos, y agregaste que, fuera del arte negro, no quedaba en Estados Unidos sino mecánica y automatismo. Qué fría debe de haberle parecido la vida en Nueva York a un alma poeta como la tuya. Por cierto, ¿qué es para ustedes la poesía? Alguna vez dijiste, Antonio, que “no es el yo fundamental eso que busca el poeta, sino el tú esencial”, ¿no es así? Y tú, León Felipe, ¿aún defines de este modo la poesía?: “Deshaced ese verso. Quitadle los caireles de la rima, el metro, la cadencia y hasta la idea misma. Aventad las palabras, y si después queda algo todavía, eso será la poesía”.

Pasaron así sus años, entre sueños, versos y esperanzas. Entre pasos firmes y palabras bellas. Qué valiosas fueron tus colaboraciones en “Helios”, en “Alma Española” y en “Blanco y Negro”, Antonio. Qué satisfacción debes haber sentido al publicar “Soledades”, “Galerías” y tantos otros poemas. ¿A cuántos poetas, novelistas, dramaturgos y ensayistas tradujiste, León Felipe?... Cuántos tuvieron la fortuna de escuchar tus conferencias y de saludarte como embajador de buena voluntad. Cuando publicaste tu “Romancero Gitano”, Federico, no imaginabas el éxito que más tarde tendrías con “Mariana Pineda”, “Bodas de Sangre”, “La casa de Bernarda Alba”….

El año 1936 trajo consigo el horror a España. Los intelectuales que no se adhirieran al movimiento de los nacionalistas, encabezados por Francisco Franco, estaban en su contra. Eso afirmaban los enemigos de la República. Antonio, León Felipe, por sus ideas contrarias al autonombrado “Generalísimo”, tuvieron que abandonar su patria, ¿no es cierto?, pero, tú, Federico, no tuviste la oportunidad de hacerlo. Todo sucedió demasiado rápido. Con tu mano temblorosa de rabia escribiste esto, Antonio: “Se le vio caminando entre fusiles, por una calle larga, salir al campo frío, aún con estrellas de la madrugada. Mataron a Federico cuando la luz asomaba”. No con menos rabia que la tuya, León Felipe, cuando decías: “¡Qué bonita letra tiene usted, mi general! Para firmar una sentencia de muerte, hay que tener la letra muy bonita. ¡Qué bonita letra tiene usted, mi general!”.

Ambos dejaron a lo lejos España y, en jirones, una parte de su alma, mas, para nuestra fortuna, fueron sembrando sus palabras, por ahí, a lo largo del camino, y hoy todos podemos hacerlas nuestras. Mientras tanto, Federico, tú emprendiste tu vuelo. Se llenó de luces tu corazón de seda, y te fuiste muy lejos, más allá de las sierras, más allá de los mares, cerca de las estrellas, en donde pediste a Cristo Rey que te devolviera el alma antigua de niño, madura de leyendas. Los recordaremos siempre, poetas. Te recordaremos siempre, Federico, en cada poema… En cada gorro de plumas… En cada sable de madera.


Con amor,

Poli Alatorre

Monday, April 10, 2006

Carta a la Madre Teresa

Mi admiradísima Madre Teresa:

Me gustaría dar inicio a esta carta mencionando, si me lo permites, a alguien a quien seguramente debes haber conocido. Su nombre podría ser Kinder o Rají o Bandona y vive en un “slum” o arrabal ubicado en el centro de la poblada ciudad de Calcuta. Comparte su minúscula cloaca sin ventanas con diez o doce personas más, así como con cientos de ratas y cucarachas. Vecino de leprosos y tuberculosos, se forma de madrugada en la larga fila que conduce hacia las letrinas, cuyo hedor flota en todo el ambiente que lo rodea. Tras el monzón (lluvias torrenciales de varios días de duración), las letrinas se desbordan, y el “slum” se convierte en una cloaca; después, nuevamente el calor de 46 grados y la sequía. El horror ronda por todos los rincones día y noche, pero desea con toda el alma seguir viviendo, y lucha a toda hora para lograrlo. Carga sobre su esquelético cuerpecito sus penas, y abriga la esperanza de que el día siguiente pueda ser mejor. Como él o ella, hay millones en el planeta cuyas miradas angustiadas piden a gritos una ayuda, al tiempo que sus débiles bracitos se levantan para ahuyentar las moscas o para secar sus lágrimas.

Más de tres mil religiosas están distribuidas en todo el mundo para asistir a “los más pobres entre los pobres”: son las Hermanas de la Caridad, hermosa congregación fundada por ti a finales de 1950. Kinder, Rají, Bandona… cientos de niños y adultos más, en medio de su terrible pobreza, tuvieron la dicha de sentir tu cariño, de escuchar tus palabras de aliento que tanto bien les hacían. Hoy son tus Hermanas de la Caridad quienes siguen tu ejemplo y tu incomparable labor.

Por terminar estaba la primera década del siglo XX cuando Skopje, Yugoslavia, te vio nacer. Dieciocho años más tarde, dejaste atrás a Agnes para convertirte en Teresa, en la congregación de Nuestra Señora de Loreto. Cuando un año más tarde te enviaron a cumplir tu noviciado a la India, ¿supiste desde el primer momento que no te irías de ahí jamás?

El St. Mary’s High School de Calcuta debe de haberte extrañado mucho cuando decidiste dejar tu cargo como maestra en aquel 1946, para dedicarte por completo al servicio de “los más pobres entre los pobres”, como tú les llamaste siempre, ¿no es así? Qué largos debieron parecerte aquellos dos años en que esperaste la respuesta del Obispo de Calcuta a tu solicitud de abandonar el convento para trabajar cerca de los más desamparados. De haber sabido lo que harías, seguramente te habrían otorgado el permiso mucho antes.

No sé si cuando estudiaste el curso de enfermería ya lo hiciste con la intención de dar aquellas útiles clases de higiene en la primera escuelita que abriste al aire libre, mientras dabas tus primeros pasos como misionera de la caridad, y lejos de saber que, años después, tus hermanas estarían en dondequiera que se las necesitara, como aquella ocasión en que se tenía poca información sobre el SIDA y se ignoraba su forma de contagio. Nadie quería acercarse a los primeros enfermos. Cuando alguien, acertadamente, exclamó: ”¡La Madre Teresa!”, no dudaste en enviar a algunas de tus hermanas a atenderlos. “Cada enfermo de SIDA es una encarnación de Cristo”, mencionaste cuando, recién operada de cataratas, inauguraste “Gift of Love” (Ofrenda de Amor), un centro para enfermos de SIDA en la ciudad de Nueva York.

Supe que un reportero, impactado por tu labor diaria entre los más desheredados, te comentó que él no haría eso ni por todo el oro del mundo… Hermosa fue tu respuesta, Madre Teresa: ”Yo, tampoco”. No, jamás lo habrías hecho por todo el oro del mundo, como tampoco lo hiciste nunca por obtener reconocimientos tales como el Premio Internacional de la Paz “Juan XXIII”, el del Buen Samaritano, el galardón Pandit Nehru o el Premio Nobel de la Paz, los cuales merecidamente te otorgaron. Buscabas “estar con Jesucristo las 24 horas del día”, como dijiste alguna vez.

Pequeña, aparentemente frágil, pero con gran fortaleza, y con casi 90 años a cuestas, seguiste trabajando veinte horas al día entregando a cada momento todo tu amor y toda tu vida. Ojalá algún día, allá donde estás tan cerca de Dios, puedas ver que ya no hay Kinders, Rajís o Bandonas… Quizás algún día… cuando nuestro amor al prójimo sea más fuerte que nuestro egoísmo.

Mientras tanto, en nombre de “los más pobres entre los pobres”, te doy las gracias, Madre Teresa, y en el mío propio, y en el del resto de los seres humanos, te agradezco también por enseñarnos el camino más directo hacia Dios. Nuestra conciencia nos dictará si lo seguimos o no.

Con mi gran cariño, enorme admiración y absoluto respeto.

Poli Alatorre

Historia de una injusticia




“…Ahora vuelve el sol a dejarnos.
La tarde se cansa, descansa sobre el suelo, envejece.
Trenes distantes voces, hasta campanas suenan.
Nada ha pasado”.
Jaime Sabines.


El más elemental derecho del hombre es la vida y la pena de muerte no deja de ser un homicidio legalizado. Hombres y mujeres se autoconfieren el derecho de decidir si un ser humano debe de morir o no, y decidieron que Edward Johnson muriera. Esta es su historia.

El abogado defensor hizo una última llamada. Eran las 23:10. Faltaba muy poco para la ejecución programada para la media noche. Desesperadamente, esperaba la respuesta del gobernador. Una vez que la recibió, colgó la bocina y caminó lentamente; se abrió una reja, dos, una puerta, otra reja, miró a los ojos esperanzados de su cliente y le dijo en voz baja: “que Dios te acompañe”. Mientras tanto, en la cámara de gas se realizaban las últimas pruebas; los elegidos para hacerlas, reían. Otros manifestaron su inconformidad por no permitirles participar.

Corría el mes de mayo y había mucha tristeza en aquella prisión del estado sureño de Mississippi, tanto entre los internos, como entre algunos de los custodios; uno de ellos comentó: “nunca nos dio ningún problema”. Tampoco a la sociedad le había dado problemas.

Edward Johnson tenía diecinueve años cuando fue acusado de atacar a una mujer mayor y asesinar al policía que intervino para defenderla. Cuando fue detenido, la mujer agraviada aseguró conocer a Edward desde pequeño y dijo estar convencida de que él no era quien la había agredido. Fue liberado y, posteriormente, detenido de nuevo. Así comenzó una lucha de siete años entre el joven de color y la fiscalía, siempre apoyada por la usual fabricación de pruebas. (Las estadísticas muestran que en Estados Unidos, un hombre de color tiene cuatro veces más probabilidades de ser sentenciado a muerte que un blanco. Y éste fue el caso de Edward)

Con su gorrita tejida azul, su uniforme color naranja y sus manos siempre esposadas, conservaba, tras los lentes que más de una vez se empañaron por las lágrimas, una mirada buena y serena. “Todo está en manos de Dios –afirmó- pero a veces las dudas nublan el ambiente”; “la cámara ha estado ahí siempre – continuó- pero últimamente no puedo dejar de mirarla”. Recordó que en siete años había visto la luna únicamente en tres ocasiones. “Me gustaría volver a verla junto a las estrellas, sobre la colina”. Ron Padget, el capellán, así como algunos compañeros y celadores, estaban convencidos de su inocencia. ¿Lo estaría también el fiscal?...

El día anterior a la ejecución, recibió a sus familiares y pudo abrazarlos después de años de conversar tras una reja. Cantó y lloró junto con ellos. Un pequeño de aproximadamente doce años, probablemente su hermano, no cesaba de llorar. Johnson comió por primera y última vez camarones. Visiblemente consternados, se despidieron… Esta vez, fue un adios definitivo.

El miércoles 20 de mayo, a las 23:20 horas, fue trasladado a “la celda de la última noche”, como es llamada. Después de un bostezo, dijo estar cansado. “Te cae todo encima y te sientes cansado”, comentó a su abogado, quien asegura que Edward estaba más tranquilo que él mismo. Más tarde se escuchó el siguiente informe: “A las 0.18 horas, tras doce minutos de permanecer inconsciente, Edward Johnson fue declarado oficialmente muerto. Sus últimas palabras fueron: ‘lamento la situación, pero no tengo mala voluntad a nadie; estoy agradecido de que el proceso llegue a su fin para mí y para mi familia. Soy inocente’ “

Días más tarde, sus abogados contactaron a una mujer de color que aseguró haber estado con Edward, en un billar, el día y hora del homicidio. Mencionó que cuando se presentó a declarar, un oficial blanco le exigió regresar a su casa, pidiéndole que no se metiera en lo que no le importaba.

Aquella madrugada de mayo, en su camino hacia alguna parte, seguramente Edward disfrutó nuevamente de la luna junto a las estrellas, sobre la colina. En nuestro “civilizado” mundo, la vida seguía su curso.

Para quienes juzgaron, sentenciaron y quitaron la vida a Edward Johnson, sólo fue una ejecución más. ¡Qué más da!... Al contrario de aquel joven de mirada buena y serena, ellos siguen contemplando al sol cada vez que nos deja, cuando la tarde se cansa, descansa sobre el suelo, envejece. Escuchan aún los trenes distantes, voces, y hasta las campanas que suenan. Después de todo, nada ha pasado.

Carta a Sor Juana

Mi admirada Sor Juana:

Cuántas primaveras e inviernos; cuántas vidas y muertes; cuántos cambios e historias; cuántos logros y fracasos; cuántas páginas escritas; ¡cuánto tiempo!...

Me pregunto si alguna vez pensaste que con el correr de los siglos te seguiríamos recordando. ¿Lo hiciste?... Tal vez no y, sin embargo, aquí estamos, más de trescientos años adelante, admirándote tal vez más de lo que lo hicieran quienes tuvieron la fortuna de estar cerca de ti. Generaciones van, generaciones vienen, y continúa cautivando la obra magnífica de Juana de Asbaje y Ramírez, llamada en el convento de San Jerónimo y en la posteridad, Sor Juana Inés de la Cruz.

A tus escasos tres años de edad manifestaste tu inquietud por conocer las letras, y a los ocho, de tu alma poeta brotaron tus primeras composiciones líricas. A cuántos dejaste maravillados con tu loa dedicada a la festividad del Corpus. ¡Eras tan pequeña y tan grande!

¿Quién tuvo la idea de que estudiaras latín a los doce años? ¿Tú misma? ¿Tu maestro, el padre Martín de Olivas?... Como haya sucedido, fue una acertada decisión, pues muy pronto ya lo dominabas. ¡Ay!, Juana, no obstante, cuántas veces te cortaste el cabello en un auto castigo por no aprender las lecciones tan pronto como hubieras querido.

Más adelante, las tareas que te fueron encomendadas como dama de honor de la virreina, Leonor María Carreto, marquesa de Mancera, a quien, por cierto, supe que dedicaste algunos de tus sonetos, no te impidieron conservar a tu lado a Virgilio; a Horacio; a Góngora… Te acompañaban a donde quiera que fueras, ¿verdad?

Qué pronto cobraste fama como una joven talentosa. ¿Cómo te sentiste aquella vez, cuando el Virrey de Mancera hizo que te examinaran cuarenta hombre de letras y ciencias? Me dijeron que quedaron boquiabiertos con tus respuestas a sus preguntas de historia, teología, matemáticas, poesía... ¡Tenías dieciséis años!, Juana.

El haber sido cortejada en diversas ocasiones no alejó de ti tu deseo de “vivir sola, no tener ocupación alguna obligatoria que embarazase la libertad del estudio, ni el rumor de comunidad que impidiese el sosegado silencio de los libros”… El sosegado silencio de los libros... ¡Qué hermoso!, Juana, ¡qué hermoso! Y bien, así ingresaste como novicia en el convento de San José de las Carmelitas Descalzas, pero no estuviste de acuerdo con el rigor de la orden, ¿no es cierto?, y sólo permaneciste en aquel sombrío sitio tres meses. Sin embargo, debido a tu característica perseverancia, insististe un año y medio más tarde, a tus veinte años, e ingresaste al convento de San Jerónimo para quedarte para siempre. Los muros del claustro son aún mudos testigos de tus inquietudes, de tus pasos, de tus sueños.

¿Por qué no aceptaste el cargo de priora en ninguna de las dos ocasiones en que te fue ofrecido? Desempeñabas las funciones de contadora y archivista y te mantenían muy ocupada, desde luego. Pero tal vez el motivo por el que lo rechazaste fue a que tal empresa te restaría tiempo para atender la voz de tu alma llena de versos. No abandonaste del todo la vida palaciega por considerarse San Jerónimo centro cívico y social del virreinato, pero tu consagración al estudio siempre fue tu prioridad. ¡Cuánto defendiste el derecho a la cultura de las mujeres mexicanas! ¡Qué certeras palabras escribiste en aquella carta dirigida al obispo de Puebla, Manuel Fernández de Santa Cruz!... Juana... Juana… cuánto te insistía él en que abandonaras las letras y te dedicaras únicamente a la vida religiosa. En cierto modo lo complaciste al deshacerte de cerca de cuatro mil libros, mapas e instrumentos musicales en beneficio de los pobres. Llegaba entonces tu “confesión general” y las dos propuestas que firmaste con tu propia sangre.

Cuando algunas de tus hermanas sufrieron aquella terrible epidemia de fiebre maligna y te dedicaste a la noble labor de cuidar de ellas, ¿tuviste temor de ser contagiada?, ¿pensaste, en algún momento, que ello te llevaría a la muerte antes de cumplir cuarenta y cinco años? Se vislumbraba ya el siglo XVIII.

No podría decirse, Juana Inés, que tu vida fue corta, porque sigues viva, porque estás presente en tus obras líricas, dramáticas y sacras; en las populares, alegóricas y festivas. Estarás viva siempre, eternamente, porque siempre existirán en el mundo seres humanos que amen la belleza de tu literatura.

Admirándote siempre,

Poli Alatorre

Carta a Van Gogh

Querido Vincent:

Cuando miro la angosta cama de madera, el par de sillas baratas que la acompañan, la minúscula mesa en donde se amontonan jarras y tinteros bajo aquel espejito en donde tu rostro abatido debe de haberse reflejado tantas veces mientras el sol intentaba saludarte por la ventana cerrada, te adivino en ese, tu pequeño dormitorio, pensativo, melancólico, angustiado. Me gustaría saber, Vincent, cuáles eran tus pensamientos; qué te llevó a vivir con el alma atormentada.

Si alguien te hubiera dicho que la pintura de tu fiel compañera, tu habitación, se mostraría orgullosa en un museo de Amsterdam, jamás lo hubieras creído. ¿No es cierto? Pero está ahí, más de un siglo después, conservando el eco de tus pasos, recordando tu ir y venir atribulado.

Pocos años habían transcurrido desde aquel 30 de marzo de 1853 en que el cielo de Zundert, Holanda, te vio nacer; cuando comenzó a manifestarse tu talento para el dibujo. Tan es así, que a la corta edad de veinte años, la galería de arte Goupil contrató tus servicios. Pero ¿qué pasó, Vincent? Recorriste La Haya, Londres, París, y, sin embargo, no te llenaba esa vida; anhelabas tanto la paz espiritual… ¿Influiría en ti el haber sido hijo de un pastor protestante? ¿Sería eso lo que te llevó a buscar aquella preparación teológica que te convirtió en misionero? A ver. Cuéntame, Vincent. ¿Es verdad que perdiste la fe tras haber constatado la terrible pobreza en la que vivían en la región minera del Borinage cuando estuviste de misiones? ¡Cuánto te hubiera servido la fe en los momentos más desesperantes de tu vida, amigo! ¿Es por eso que te expulsaron de la misión?

Sé que al pintar definiste tu propio estilo después de haber recorrido muchos caminos belgas y holandeses estudiando a los clásicos. “Los comedores de patatas” y tu “Campesina espigando” son, con sus colores oscuros, reminiscencias de tus primeras incursiones en óleo, ¿verdad? Cuando en 1886 decidiste reunirte en París con tu querido hermano Theo –quien, por cierto, estuvo siempre dispuesto a darte la mano con su ayuda económica y moral– y conociste a pintores como Paul Gauguin y Henri de Toulouse-Lautrec ¿fue cuando iniciaron juntos la maravillosa época de la estética postimpresionista? ¡Qué hermosas obras surgieron entonces!, aunque tu estilo de colorido fresco y espontáneo también fue producto de tu estudio de la estampa japonesa, ¿no?, y de tu admiración por la libertad del arte oriental.

La ciudad de Arles, dos años más tarde, fue testigo de tu arte ya maduro. ¡Qué fascinante tu “Vista de Arles”!... tu fuerza y sentimiento plasmados en luminosos girasoles, y aquel dormitorio... no dejo de imaginarte en aquel dormitorio.

¡Ay Vincent! Qué preocupación sintió Theo cuando heriste a Gauguin y amputaste parte de tu oreja para enviarla a aquella mujer que desdeñó tu amor. Qué crisis tan severas sufriste en aquel hospital Saint-Riémy-de Provence. No obstante, en tus buenos momentos reflejabas serenidad en tus lienzos. En 1890, las flores de mayo te saludaban al abandonar la institución, mientras el doctor Gachet te recibía bajo su cuidado en Auvers-sur-Oise. Regresaba tu estilo de compulsiva energía, de torcidos y ondulados trazos. Tu “Iglesia de Auvers” casi grita junto a ti tu angustia.

¿Qué había en tu interior, Vincent?... ¿Qué recuerdos?... ¿Qué carencias?... ¿Qué imágenes?... ¿Qué había en lo profundo de tu alma que te llevó a darte un tiro en la sien y que te condujo a aquella terrible agonía? El borrascoso y corto camino que emprendiste en tu natal Holanda en 1853 terminó el 27 de enero de 1891 en algún lugar cercano a París.

Me pregunto quién compró y dónde está hoy el único cuadro que vendiste en vida. Años más tarde tus obras costarían una fortuna. ¡Qué lástima que tu arte fue reconocido tan tarde!

Tras el olvido del siglo XIX resurgió tu nombre; desde un rincón de cuadros apilados retornó tu arte, y, seguramente, al volar hacia el cielo infinito renació tu fe.

Un abrazo, donde quiera que estés

Poli Alatorre

Tuesday, March 07, 2006

Carta a Cuauhtémoc

Mi queridísimo Emperador Cuauhtémoc:

Había una vez un hombre llamado Ahuízotl que casó con una princesa. Por aquellos días, el águila o cuauhtli era símbolo del Sol, y cuando éste declinaba del cenit al poniente, lo aludían con la palabra cuauhtémoc, “águila que desciende”. Así, la noble pareja llamó con ese bello nombre a su hijo. Pareciera que estoy narrando un cuento o una leyenda, pero es la verdadera historia de un príncipe azteca que luchó y murió por liberar a su pueblo de los invasores que un día llegaron desde el otro lado del mar. Es tu historia, Cuauhtémoc, y, orgullosa de ti, hoy la recuerdo.

Iniciaste tu camino de la mano de aquellos primeros días del siglo XVI. Qué pequeño perdiste a tu padre, mas con qué valentía y sabiduría se encargó de tu educación tu madre. Como a todo varón mexica, fue desde los tres años que se te instruyó en la obediencia, la laboriosidad, la sobriedad y aquella profunda devoción a los dioses. Ese fue el principio, ¿verdad?, ya que como a todo hijo de militar o sacerdote, se te tenía reservada una rígida educación en el Calmécac. Te distinguiste en prácticas tan severas como los frecuentes ayunos y la mortificación de tu cuerpo durmiendo en el suelo o bañándote de madrugada en las frías aguas del estanque del recinto sagrado. Me hubiera gustado acompañarte en aquellas noches en que velabas observando el paso de las estrellas.

Qué útiles te serían más adelante las disciplinas del Calmécac y los conocimientos de la religión y sus secretos, de la ciencia del calendario y la astronomía. Supe que por méritos propios obtuviste, durante el mandato de Motecuhzoma I, el grado de Tlacatecuhtli o jefe supremo, por la valentía que mostraste en las guerras floridas de Tlaxcala.

Llegó entonces el año 1, Acatl, 1519, fecha en la que se esperaba el regreso de Quetzalcóatl. Cuando los enviados de Motecuhzoma describieron a los recién llegados, el mandatario a quienes ellos llamaron posteriormente Moctezuma, creyó estar recibiendo al guía que aguardaban, y entregó la ciudad a los intrusos. Yo sé que tú nunca creíste en el origen divino de aquellos hombres barbados y sucios, tampoco así Cuitáhuac, quien fuera aprehendido casi de inmediato. Los supuestos dioses encadenaron a Moctezuma, sorprendieron a Cacama, quemaron vivo a Cuauhpopoca, saquearon palacios y templos, destruyeron a sus dioses… Si Moctezuma hubiera comprendido la razón de tu escepticismo, cuánto mal habría podido evitarse. A ti nunca te intimidaron, ¿verdad?

Testigo fue la primavera de 1520 de una feroz agresión por parte de Cortés en contra de los nobles reunidos en el templo mayor, que concluyó con una salvaje matanza, y que luego derivó en una rebelión popular. Cuando Moctezuma intentó obligarlos a deponer las armas tras una exhortación del invasor, firmemente exclamaste: “No lo queremos obedecer porque ya no es nuestro rey; con ánimo mujeril se entregó a ellos por miedo, y nos ha puesto a todos en este trabajo”, palabras con las que lograste la retirada de los españoles en la que ellos mismos llamaron “Noche Triste”.

Sucedió Cuitláhuac a Moctezuma, pero la viruela, traída en la expedición de Narváez, se lo llevó también; fue entonces que subiste al trono convirtiéndote en un ejemplar rey o Tlatoani, para utilizar la palabra precisa. Organizaste al pueblo y al ejército, ofreciste eliminar los tributos de tus súbditos, mandaste destruir puentes y construir miles de barcas, fortificaste la plaza. Sin embargo, Cortés recuperó fuerzas. Mi Tlatoani: con qué tenacidad resistieron el sitio de 75 días impuesto por Cortés en Tlatelolco, mas los venció el hambre y el cansancio. “Quítame la vida con ese puñal”, pediste a Cortés tras ser apresado. “Hice lo posible por defender a mi ciudad pero no pude más”. Un guerrero debía morir de esa manera para llegar al Sol, mas Cortés no lo entendió. Después de mandar derramar aceite hirviendo sobre tus pies en un vano intento de obligarte a mencionarles el sitio en donde ocultaron el tesoro de Motecuhzoma –tortura que soportaste con tu gran fortaleza física y de espíritu–, te mantuvo prisionero hasta aquel 26 de febrero de 1525, cuando, acusándote de traición, te mandó ahorcar. Contabas tan sólo con 23 años de edad. ¡No tenía idea de la calidad del hombre que quería doblegar! Esa lucha que con tanto fervor iniciaste, la retomaron y ganaron otros tres siglos más tarde. Sé que tú pudiste verlo desde algún lugar en lo alto.

Hoy, mientras entono nuestro hermoso Himno Nacional, casi te puedo mirar a mi lado cuando, con el corazón en la mano, reafirmo las palabras: “Mas si osare un extraño enemigo, profanar con su planta tu suelo, piensa, ¡oh! patria querida, que el cielo, un soldado en cada hijo te dio”. Tal vez, mi águila valerosa, mi encantador príncipe azteca, tú lo estés cantando junto conmigo.

Con amor,

Poli Alatorre

Carta a Miguel Ángel

Mi admirado Miguel Ángel:

Cuando evoco o menciono tu nombre, sólo puedo concebir belleza; imagino tus manos mágicas tornándolo todo en arte. Sublime maestro de la escultura, arquitectura y pintura, adivino tus pasos recorriendo recintos sin vida, y puedo seguirlos abandonando el lugar, dejando tras ellos una obra magnífica y perpetua.

El pedestá o alcalde de Caprese ignoraba aquel 6 de marzo de 1475 que su hijo recién llegado sería más tarde artífice de primores imborrables. Qué pequeño partiste hacia Florencia y qué joven, apenas con trece años, ingresaste al taller de Domenico Ghirlandaio, quien no sabía cuánto su alumno lo superaría. Ayudado por tu mecenas, Lorenzo de Medici e impulsado por tu profundo amor hacia la plástica, iniciaste tus estudios de escultura en el Casino de San Marcos. ¡Cuánto se sorprendieron los artistas de la época con el dinamismo de tus relieves “Combate de los centauros contra lapitas” y tu “Virgen de la Escalera”!

¿Por qué huiste a Venecia y a Bolonia en aquel 1492? Se dice que fue porque el reformador religioso, Girolamo Savonarola, estaba por expulsar a la dinastía medícea tras la muerte de tu mecenas. Supe que al regresar a tu querida Florencia, después de un año, creaste tan perfecto a tu “Cupido dormido”, que el cardenal Riario lo adquirió creyendo estar pagando por una obra antigua. Por ello, tú, con tu característica honestidad, ofreciste reembolsarle aquella paga. Cuando se despedía el siglo XV y el XVI te abría sus brazos, Roma te daba la bienvenida. Fue entonces cuando iniciaste tus obras de inspiración religiosa, ¿no es cierto?

Nunca el mármol se había visto transformado en algo tan bello como lo fue la “Pietá”, tu Piedad de todos los tiempos. Florencia, aquella encantadora ciudad toscaza que te vio iniciar tus estudios de escultura, abraza orgullosa hoy, y desde 1504, a tu “David”, erguido siempre, majestuoso, indeleble y vivo.

Fascinado contigo, el papa Julio II, con la idea de edificar un Mausoleo, deseaba que tus manos maravillosas esculpieran cuarenta figuras de tamaño natural. Sé que durante años pusiste todo tu empeño para terminar la obra, mas no fue posible. Sin embargo, tan extraordinario esfuerzo es recordado hoy por tu asombroso “Moisés”.

¡Ay!, Michelangelo, cuántas obras creaste para los papas León X y Clemente VII, miembros de la familia gobernante, cuando los Medici recuperaron el poder en Florencia. Aquéllos planos de la biblioteca laurenziana y los de la capilla mortuoria de los Medici, las figuras de Julián y Lorenzo, los sarcófagos que presentan magistralmente el mundo terrenal a través de “el día”, “la noche”, “el crepúsculo” y “la aurora”…

Si Florencia no hubiera sido derrotada, tal vez nunca te habrías refugiado en Roma, en donde la Capilla Sixtina te esperaba ansiosa. Cómo envidio a los muros que convivieron contigo durante cinco años disfrutando del honor de verte crear tu extraordinario “Juicio Final”

La Porta Pía, la Plaza del Capitolio, el Palacio de Farnesio, grandezas del renacimiento, la Pietá de Palestrina y la Pietá Randanini, con su tristeza por quedar inconclusa, el Vaticano, cuya dirección de sus obras estuvo algún día a tu cargo, los planos de la cúpula de San Pedro, la que todo Roma mira al levantar sus ojos hacia el cielo… ¡Cuánto!, ¡cuánto arte!

Tras 89 años de andar, partiste aquel 18 de febrero de 1564, mas tu espíritu permanecerá por siempre en cada una de tus obras; todas ellas contienen una parte de tu alma.

Gracias, Miguel Ángel, por tu legado de belleza, y ojalá continúes creando maravillas alrededor de las estrellas.


Poli Alatorre

Carta a Edison

Mi admirado Thomas Alba Edison:

Cuando la inquieta, alegre y emprendedora familia Edison abandonó Holanda buscando nuevos horizontes en los Estados Unidos en aquel 1730, ignoraba que poco más de un siglo después, en febrero de 1847, Ohio recibiría a uno de sus descendientes que legaría a la humanidad 1,200 inventos patentados en aquel país y 1,234 en el extranjero.

Debes estar agradecido con tu madre por haberte sacado de aquel colegio que no te gustaba y en donde recibías tantos castigos de su director, el reverendo Engle. Tú, como yo, sabes que fue una excelente decisión de ella el darte clases en tu propia casa aprovechando su título de maestra. Eras diferente ¿no es cierto? Qué trabajo le costaba a tu padre comprenderte. No jugabas con otros niños, hacías preguntas todo el tiempo sobre el funcionamiento de las cosas y pasabas horas enteras en tu improvisado laboratorio. ¡Ay! Thomas ¿Cómo era posible que tu padre creyera que sufrías de alguna enfermedad cerebral? Me imagino que nunca pensó que en realidad su hijo era un genio, y debe de haberse desesperado con los accidentes que te provocó tu insaciable curiosidad y que en más de una ocasión pusieron en riesgo tu vida. Tú debes saberlo mejor que yo.

¿Sabes? Alguien me contó que en tus experimentos llegaste a hacer hasta 1,500 pruebas antes de conseguir resultados. ¡Qué tenacidad!, Thomas, ¡qué tenacidad! ¿Cómo es posible que a los 9 años ya aplicaras lo aprendido en tu “Tratado elemental de física”? ¿Cómo leíste tantos libros antes de cumplir los 12? ¿Cómo fundaste tu propio periódico a los 14? Aquel que el London Times calificó como “el primer periódico impreso sobre un tren en marcha”. Genial la manera en que lo hiciste, pues sé que no querías perder el tiempo en los largos viajes del tren que abordabas para vender a los pasajeros o trasladar a otras ciudades hortalizas, mantequilla, frutas… Fue así, menciónamelo si me equivoco, que se te ocurrió instalar en el rincón de un vagón tu laboratorio y una prensa, ¿verdad? Qué idea la de escribir lo que iba sucediendo en los pueblos por los que el tren transitaba, imprimir y vender las noticias en las siguientes estaciones; mejor idea aún la de transmitir por telégrafo los encabezados para que en cada estación vendieras como pan caliente la noticia completa que aparecía en tu “Weekly Herald”.

“No hay mal que por bien no venga”, dicen por ahí. ¿Has escuchado eso? Lo digo porque el que perdieras un oído a raíz de uno de tus accidentes provocó que perfeccionaras el teléfono de Bell, por el que no escuchabas bien, al grado de hacerlo comercial. Y ¿qué pasó con el telégrafo, Thomas? Creo que los mensajes periodísticos llegaban tan rápido que era imposible captarlos ¿Cierto? Pero ¡claro! No podías quedarte así, ¿verdad? Tenías que inventar algo que recogiera los mensajes para reproducirlos a menor velocidad y no sé cómo, pero de ahí te inspiraste para la concepción del fonógrafo. Pero regresando al telégrafo, era un problema el transmitir sólo un mensaje a la vez, por lo que ideaste el sistema de dos cables, de tres, de cuatro… ¿Qué decir de tus indicadores automáticos de cotizaciones?, ¿de tu ingenioso registrador de votos y del perfeccionamiento de aquella rudimentaria máquina de escribir de madera cuyas letras estaban encimadas unas sobre otras? Nacía entonces la primera Remington. ¿Y tu tren eléctrico?, ¿tu acumulador? Imposible sería enumerar todos tus maravillosos inventos.

¿Recuerdas aquella canción que comenzaba “Mary tenía un corderito”? La cantaste frente a un extraño aparato al que pusiste una hoja de papel de estaño, giraste la manivela en sentido contrario hasta alcanzar la posición original, y, ante la mirada atónita de tus compañeros, tu voz fue fielmente reproducida. ¡Habías inventado el fonógrafo! Cuánta gente se arremolinaba para escuchar al primero de ellos; el mismo que hoy es huésped consentido del Museo de South Kensignton de Londres, ¿Lo sabías? Ahí puedes verlo otra vez.

Llegó abril de 1879. Tras días y noches trabajando, introdujiste un alambre de platino dentro de un globo cerrado de vidrio; hiciste atravesar la corriente a través del hilo. ¡Y SE HIZO LA LUZ! Estaba por aparecer tu lámpara incandescente. Lo digo fácil, pero ¡qué trabajo te costó! Tiempo después, todo Nueva York se iluminaba. Qué emoción debes haber sentido al inaugurar tu primera central eléctrica, y cuando más adelante fundaste la hasta hoy tan famosa General Electric.

En 1929, en el Muso Edisoniano, fundado por tu gran admirador, Henry Ford, se celebró el cincuentenario de la invención de tu lámpara incandescente. Personalidades como madame Curie viajaron en el viejo tren en el que montaste tu primera imprenta. En él, a tus 80 años, arrebataste el canasto de un vendedor y comenzaste a gritar como antaño: “¡Dulces, manzanas, periódicos!” De modo, Thomas, que, además, tenías un gran sentido del humor.

Cuando enfermaste, los buenos deseos te llegaron del Papa, de inventores, de políticos, de universidades…de cientos de personas… Y cuando cerraste por vez última los ojos el 21 de octubre de 1931, te despidieron bajo una encina centenaria, tu árbol predilecto, en el cementerio de Roseadle. A iniciativa del presidente Hoover, en toda la nación se apagaron las luces. Simbólicamente, tus bombillas incandescentes partían junto contigo.

Agradecida siempre, Poli Alatorre